Lecciones de un contrato mal redactado
En derecho, casi nunca hay anécdotas “baratas”. Detrás de cada pequeño error de redacción suele haber tiempo perdido, negociaciones tensas y, en muchos casos, mucho dinero en juego.
Una simple coma puede parecer un detalle menor… hasta que un tribunal decide que cambia el sentido de un contrato entero.
Este es el caso de la famosa “coma del millón de dólares” en Canadá. Pero más allá de la anécdota, es un ejemplo perfecto de por qué la redacción y la traducción profesional son piezas críticas cuando una empresa firma acuerdos en más de un idioma.
Qué pasó exactamente en el caso Rogers vs. Bell Aliant
Dos grandes compañías de telecomunicaciones, Rogers Communications y Bell Aliant, firmaron un contrato para el uso de postes telefónicos.
El contrato, redactado en inglés y francés, establecía:
- La duración mínima del acuerdo.
- Las condiciones para rescindirlo.
La cláusula problemática, resumida, decía en inglés:
“El acuerdo tendrá una duración de cinco (5) años, y continuará en vigor automáticamente por periodos sucesivos de cinco (5) años, a menos que cualquiera de las partes lo rescinda antes, en cualquier momento, dando un preaviso de un (1) año.”
El núcleo del problema está aquí:
“… may be terminated at any time, upon one year’s written notice…”
La coma que separa “may be terminated at any time” de “upon one year’s written notice” permite leer que el contrato:
- Dura cinco años.
- Pero cualquiera de las partes puede romperlo en cualquier momento, incluso al principio, siempre que avise con un año de antelación.
Rogers entendía que el contrato se podía rescindir solo al final del primer periodo de cinco años. Bell Aliant defendió que podía poner fin al acuerdo antes y renegociar condiciones.
El regulador dio inicialmente la razón a Bell Aliant: esa coma abría la puerta a una interpretación mucho más agresiva de la rescisión.

El giro inesperado: la versión en francés salva el contrato
En Canadá, inglés y francés tienen el mismo rango oficial. Muchos contratos importantes son bilingües y ambas versiones pueden ser igual de vinculantes.
En este caso, la versión en francés de la cláusula estaba redactada de forma más clara y no permitía interpretar que el contrato se pudiera romper “en cualquier momento” durante los cinco años iniciales.
Es decir:
- En inglés, la redacción con la coma introducía una ambigüedad peligrosa.
- En francés, la frase era mucho más precisa y dejaba claro que la rescisión estaba pensada para después del periodo inicial.
En apelación, esa diferencia lingüística fue clave para matizar la interpretación y reducir el impacto económico para Rogers.
Cuánto costó realmente esa coma
Más allá del titular simplificado de “la coma del millón de dólares”, el caso implicó:
- Años de disputa y recursos dedicados a defender una interpretación.
- Una posición negociadora debilitada para Rogers.
- Un sobrecoste estimado de más de 2 millones de dólares canadienses por tener que renegociar en peores condiciones.
Todo por una combinación de:
- Redacción ambigua.
- Falta de alineación entre las versiones lingüísticas.
- Ausencia de una revisión lingüística y jurídica suficientemente integrada.
Lo que este caso le enseña a cualquier empresa que firma contratos
Aunque este conflicto se diera en Canadá y entre empresas de telecomunicaciones, las lecciones son válidas para cualquier organización que:
- Firma contratos con proveedores, distribuidores o socios internacionales.
- Opera con documentación en dos o más idiomas (por ejemplo, español–inglés).
- Usa modelos de contrato que se van adaptando con el tiempo, a veces sin una revisión profunda.
1. Una coma no es solo una coma
En castellano también tenemos estructuras en las que una coma puede cambiar la lectura de una condición:
- “El contrato se renovará automáticamente cada año, salvo que alguna de las partes comunique su voluntad de no renovarlo con un preaviso de 30 días.”
- “El contrato se renovará automáticamente cada año y podrá resolverse, en cualquier caso, con un preaviso de 30 días.”
El matiz entre “salvo que” y “en cualquier caso” o el lugar donde se inserta una coma puede alterar:
- Si la rescisión solo se admite en determinados momentos.
- O si, por el contrario, se abre la puerta a una rescisión prácticamente libre.
2. Los contratos bilingües necesitan algo más que una “buena traducción”
Cuando un documento es bilingüe (por ejemplo, español–inglés), no basta con:
- Traducir cláusula por cláusula.
- Hacer una revisión gramatical rápida.
Hace falta:
- Alineación jurídica: que ambos textos reflejen el mismo equilibrio de derechos y obligaciones.
- Coherencia en los términos clave: rescisión, renovación, penalizaciones, jurisdicción, etc.
- Decidir qué versión prevalece si hay conflicto (algo que muchos contratos omiten o resuelven con una frase poco precisa).
3. El riesgo no está solo en los grandes litigios
El caso Rogers vs. Bell Aliant es mediático, pero el patrón se repite a menor escala:
- Contratos de distribución con cláusulas poco claras sobre exclusividades territoriales.
- Acuerdos de prestación de servicios en los que no se define bien cuándo empieza y termina la obligación de soporte.
- Condiciones generales de venta en una web traducidas de forma literal, sin tener en cuenta la normativa local.
Muchas veces, estos problemas no acaban en prensa… pero sí en:
- Descuentos forzados.
- Reputación dañada.
- Relaciones comerciales rotas.
Cómo reducir este riesgo desde la palabra y la traducción
Aquí es donde la experiencia lingüística y la traducción profesional aportan una capa de seguridad adicional a la asesoría jurídica.
1. Diseñar contratos “traducibles” desde el origen
Antes incluso de traducir, conviene que el texto original:
- Evite estructuras enrevesadas con múltiples subordinadas.
- Formule las cláusulas críticas en frases cortas y directas.
- Use terminología coherente a lo largo de todo el documento.
Un contrato claro en el idioma de origen es mucho más fácil de traducir con precisión y sin ambigüedades.
2. Contar con traducción jurídica especializada
En la traducción de contratos y documentación legal, no se trata solo de:
- Saber idiomas.
- “Sonar natural”.
Se trata de:
- Entender cómo se formulan las obligaciones y los derechos en cada sistema jurídico.
- Conocer las fórmulas estándar aceptadas en contratos anglosajones, europeos, etc.
- Saber cuándo una traducción literal introduce un riesgo que no existía en el texto original.
3. Revisar los documentos críticos con doble mirada
Para documentos de alto impacto (acuerdos marco, contratos de larga duración, licencias, etc.), es recomendable combinar:
- La revisión jurídica (abogacía / asesoría interna).
- Con una revisión lingüística y de traducción, que compruebe que lo pactado se entiende igual en todos los idiomas.
En otras palabras, que ninguna “coma del millón de dólares” se cuele entre el despacho y la firma.
Un ejemplo práctico de detalles a comprobar antes de firmar un contrato bilingüe
A modo de resumen operativo, esta podría ser una lista de comprobaciones que muchas empresas no aplican… hasta que ya es tarde:
- ¿Quién ha redactado el texto original y en qué idioma?
- ¿Hay más de una versión “maestra” circulando?
- ¿La versión traducida la ha realizado una persona profesional especializada en traducción jurídica?
- ¿O se ha improvisado con herramientas automáticas y retoques rápidos?
- ¿Se ha definido claramente qué versión del contrato prevalece en caso de conflicto?
- ¿Está esa cláusula redactada sin ambigüedades?
- ¿Las cláusulas de duración, renovación y rescisión dicen exactamente lo mismo en ambos idiomas?
- ¿O hay matices que amplían o reducen derechos según el idioma?
- ¿La redacción utiliza frases claras, sin dobles negaciones ni subordinadas kilométricas?
- ¿Es fácil seguir mentalmente qué ocurre en cada escenario?
Cada “sí” sólido en esta lista reduce la probabilidad de acabar en un escenario tipo Rogers vs. Bell Aliant.
Qué aporta una agencia de traducción profesional en estos casos
Una agencia especializada en traducción profesional y jurada puede ayudar a:
- Detectar ambigüedades de redacción que se vuelven evidentes al trasladar el texto a otro idioma.
- Alinear versiones bilingües para que ambas reflejen el mismo reparto de riesgos y obligaciones.
- Unificar terminología en toda la documentación contractual de la empresa (contratos, anexos, condiciones generales, acuerdos de confidencialidad, etc.).
- Acompañar en proyectos de internacionalización donde hay que coordinar equipos jurídicos, departamentos comerciales y traducción.
En otras palabras: no solo se traduce el texto, se ayuda a proteger la relación contractual.
Conclusión: el coste real de una coma mal puesta
La historia de la “coma del millón de dólares” no va solo de una frase desafortunada, sino de todo lo que esa coma simboliza:
- La tendencia a tratar la traducción como un trámite.
- La falta de coordinación entre quienes redactan, negocian y traducen.
- La infravaloración de los matices lingüísticos en decisiones empresariales de gran impacto.
Si tu organización firma contratos en más de un idioma, la pregunta no es si puedes permitirte una traducción profesional.
La pregunta es si puedes permitirte no tenerla cuando lo que hay en juego son años de trabajo, relaciones estratégicas y, en el peor de los casos, millones.
No dudes en contactar y pedirnos un presupuesto para no caer en un error como este.
